El Nuevo Reich: cómo Trump y Netanyahu están redibujando el mapa del mundo a sangre, fuego y petroleo

Esta mañana, mientras los periódicos de medio mundo titulaban con los bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel sobre Irán, me vino a la memoria una imagen que aprendemos en los libros de historia: la de Hitler desplegando sus mapas sobre una mesa, señalando con el dedo los territorios que debían ser «incorporados» al Reich. Los Sudetes hoy. Austria mañana. Polonia después. Cada acto de fuerza envuelto en la retórica de la seguridad nacional, de los recursos vitales, de la grandeza del pueblo elegido.

No estoy usando la comparación nazi a la ligera, ni como insulto fácil. La uso porque los paralelismos son demasiado exactos para ser ignorados. En menos de dos años, la administración Trump ha invadido de facto Venezuela, amenazado militarmente a Dinamarca por Groenlandia, bendecido el genocidio en Gaza, bombardeado Irán por segunda vez, colocado en el poder sirio a un ex yihadista de Al Qaeda reconvertido en «demócrata» y declarado que Estados Unidos «gobernará» los territorios que conquista. Si esto no es imperialismo del siglo XX trasplantado al XXI, que alguien me explique qué es.

I. VENEZUELA: EL PETRÓLEO SE COBRA CON SANGRE

El 3 de enero de 2026, a las 22:46 horas de la costa Este americana, Trump dio la orden. La Operación Absolute Resolve comenzó como un thriller de acción: la CIA había infiltrado Venezuela durante meses, rastreando los movimientos de Nicolás Maduro. Los Delta Force construyeron una maqueta de la fortaleza donde dormía el presidente venezolano. Cuando Maduro rechazó la última llamada de Trump exigiéndole que se rindiera, los helicópteros entraron en Caracas.

En pocas horas, el presidente de un Estado soberano era paseado esposado ante las cámaras con una leyenda en la pantalla: «Perp walked». Humillado. Exhibido. Transportado a Nueva York como un trofeo.

La justificación oficial fue el narcotráfico. Pero Trump, en la rueda de prensa en Mar-a-Lago, se encargó de desmentirse a sí mismo con una franqueza casi admirable en su desvergüenza: el petróleo venezolano —303.000 millones de barriles, la mayor reserva del mundo— sería gestionado por empresas americanas. «Va a ganar mucho dinero», dijo. Stephen Miller añadió que Venezuela había «robado» ese petróleo a compañías estadounidenses cuando las nacionalizó en 2007. La lógica imperial de «lo que fue nuestro debe volver a ser nuestro» no podía expresarse con mayor claridad.

El senador demócrata Andy Kim lo resumió con precisión quirúrgica: «Rubio y Hegseth nos miraron a los ojos hace unas semanas y dijeron que esto no era un cambio de régimen. Mintieron descaradamente al Congreso». Ninguna autorización del Congreso. Ninguna notificación previa a los legisladores. Cuarenta cubanos muertos en la operación. Ciento quince personas fallecidas en los ataques previos a buques en el Caribe, presentados como «antinarcóticos». El analista colombiano Gustavo Petro lo llamó lo que era: un secuestro sin base legal.

El modelo es tan antiguo como el imperialismo mismo. Se acusa al gobernante incómodo de narcotraficante, terrorista o tirano. Se construye una justificación moral. Se actúa militarmente. Y luego se saquea. Lo hicieron en Irak con el petróleo. Lo hicieron en Libia. Ahora lo repiten en Venezuela con la diferencia de que ya ni siquiera se molestan en disimular el motivo económico.

II. GROENLANDIA: LA DOCTRINA DEL ESPACIO VITAL

¿Recuerdan la expresión «Lebensraum», el espacio vital que necesitaba Alemania según Hitler para expandirse y sobrevivir como gran potencia? Pues bien, en enero de 2026 Trump afirmó, textualmente, que el control de Groenlandia era una «necesidad» para la «seguridad nacional» de Estados Unidos y que lo conseguiría «de una manera u otra».

El paralelismo no se les escapó a los europeos. Per Stig Møller, exministro de Exteriores danés, comparó explícitamente las exigencias de Trump sobre territorio danés con las exigencias de Hitler sobre el territorio polaco en los años treinta. La exvicepresidenta de la Comisión Europea Margrethe Vestager calificó las amenazas como «una amenaza existencial para la OTAN y Europa».

El secretario de Defensa Pete Hegseth se negó a descartar una invasión militar de Dinamarca, un aliado de la OTAN. El coronel danés fue despedido por Trump después de declarar que las amenazas de la Casa Blanca «no reflejan la posición» de la base americana en Groenlandia. Se le castigó por ser leal a la ley en lugar de al César.

Los servicios de inteligencia daneses clasificaron formalmente a Estados Unidos como una amenaza para la seguridad nacional de Dinamarca. El Ministerio de Defensa danés confirmó que sus tropas defenderían Groenlandia con fuerza si era invadida e invocarían el Artículo 5 de la OTAN contra Washington. Por primera vez en la historia, una democracia occidental consideraba oficialmente que su principal amenaza venía del Oeste, de su propio aliado transatlántico.

¿Qué quiere Trump de Groenlandia? Lo que siempre ha querido de todo: recursos y control estratégico. La isla posee 25 de los 30 minerales que la UE considera «críticos» para su economía. Tiene reservas de petróleo y gas. Controla las rutas del Ártico, que el deshielo está convirtiendo en las autopistas marítimas del siglo XXI. Quien domine el Ártico, dominará la geometría del comercio global en las próximas décadas. Hitler quería el Báltico. Trump quiere el Ártico. La lógica de la dominación territorial no ha cambiado; solo han cambiado las coordenadas.

III. GAZA: EL RESORT SOBRE LAS RUINAS

El 4 de febrero de 2025, en la sala Este de la Casa Blanca, con Netanyahu sonriendo a su lado, Trump anunció que Estados Unidos «tomaría» y «sería dueño» de la Franja de Gaza. Desplazaría a sus dos millones de habitantes —cuyo territorio lleva siendo bombardeado sistemáticamente desde octubre de 2023— a países vecinos. Y convertiría Gaza en «la Riviera del Mediterráneo».

Dieciséis días después, el presidente publicó en Truth Social un vídeo generado por inteligencia artificial en el que él y Netanyahu tomaban el sol en una Gaza transformada en resort de lujo llamado «Trump Gaza», con estatuas doradas del propio Trump, palmeras y cielos despejados donde antes había escombros y cuerpos.

No es un chiste. Es la política oficial del Gobierno de Estados Unidos, ratificada posteriormente en un documento de 38 páginas que contempla la reubicación de toda la población durante una «fase de reconstrucción», ciudades inteligentes con inteligencia artificial, una zona manufacturera llamada «Elon Musk Smart Manufacturing Zone» y resorts de lujo con islas artificiales. Un proyecto estimado en 324.000 millones de dólares de plusvalía territorial. El negocio inmobiliario más grande de la historia, construido sobre los huesos de un pueblo.

Los juristas de derechos humanos lo llamaron por su nombre: limpieza étnica. Diana Buttu, ex portavoz de la OLP, lo definió como una política que «normaliza el genocidio». La abogada Noura Erakat dijo que el objetivo es «imponer resultados sobre el pueblo palestino». La organización BDS acusó al Consejo de Seguridad de la ONU de vergüenza histórica cuando, el 17 de noviembre de 2025, aprobó la resolución respaldando el plan.

El ex ministro de Extrema Derecha israelí Itamar Ben-Gvir, que había abandonado el gobierno de Netanyahu por considerarlo demasiado moderado, publicó en X: «Donald, esto parece el comienzo de una hermosa amistad». El hombre que defiende la expulsión de los árabes de Israel reconoció públicamente la sintonía perfecta entre Trump y los ultranacionalistas israelíes. No podía haber un testimonio más revelador.

Mientras todo esto ocurría, las bombas israelíes seguían cayendo. Más de 66.000 palestinos muertos desde octubre de 2023 según las últimas cifras disponibles. Hospitales destruidos. Sistemas de agua eliminados. Bloqueo total de alimentos en varias fases. El Tribunal Penal Internacional emitió órdenes de arresto contra Netanyahu. La Corte Internacional de Justicia estudia si esto constituye genocidio. Y Trump decía que Gaza sería «una maravilla» y que los palestinos «se enamorarían» del plan.

IV. IRÁN: LA GUERRA DE NETANYAHU, PAGADA EN SANGRE AMERICANA

Hoy, 28 de febrero de 2026, mientras escribo estas líneas, los misiles israelíes y americanos están cayendo sobre Teherán. La Operación Epic Fury ha comenzado. Esta es la segunda vez que la administración Trump ataca a Irán militarmente: la primera fue en junio de 2025, con la Operación Midnight Hammer, que bombardeó tres instalaciones nucleares iraníes con bombas antibúnker de 13.600 kilogramos transportadas por bombarderos B-2 furtivos.

El patrón es transparente para cualquiera que quiera verlo. En febrero de 2025, Netanyahu visitó la Casa Blanca y presentó a Trump un dossier de diapositivas mostrando el avance del programa nuclear iraní. Los israelíes llevaban meses presionando para una acción militar. En junio, cuando las negociaciones diplomáticas se acercaban a un posible acuerdo, un diplomático senior de Oriente Medio declaró al medio MS Now: «Una vez más, cuando las negociaciones se acercan al éxito… Israel interviene para anticiparse a la diplomacia». Trump atacó. Las negociaciones murieron.

Ahora, en febrero de 2026, el mismo ciclo. Nuevas negociaciones nucleares. Nuevo sabotaje israelí. Nuevo ataque americano. Y el ministro de Exteriores iraní no se anduvo con rodeos: «Trump ha convertido ‘America First’ en ‘Israel First’, lo que siempre significa ‘America Last’».

El Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo mundial —más de 14 millones de barriles diarios—, es ahora la apuesta más peligrosa sobre el tablero. Si Irán lo cierra, los precios del crudo se dispararán por encima de los 90 dólares el barril. Si Estados Unidos consolida el control naval de la zona, habrá logrado lo que los estrategas americanos llevan décadas soñando: el dominio de la arteria energética más crítica del planeta. Así como en el Ártico con Groenlandia se busca controlar las rutas del futuro, en el Golfo Pérsico con Irán se busca controlar las rutas del presente.

V. SIRIA: DE TERRORISTA A PRESIDENTE EN 24 HORAS

Permítame contarles la historia de Ahmad al-Sharaa, también conocido como Abu Mohammad al-Jolani, que es quizás el ejemplo más alucinante de la doble moral imperial del siglo XXI.

Durante más de dos décadas, Jolani fue uno de los yihadistas más buscados del mundo. Combatió contra las fuerzas americanas en Irak. Fue encarcelado por los propios Estados Unidos en la prisión de Camp Bucca, conocida como «la universidad yihadista» porque allí Al Qaeda captaba y adoctrinaba a sus reclutas. Fue cercano a Abu Musab al-Zarqawi, el fundador de Al Qaeda en Irak, antecesor directo del ISIS. Fundó Jabhat al-Nusra, filial siria de Al Qaeda. El Departamento de Estado americano lo incluyó en la lista de terroristas globales en 2013 y ofreció 10 millones de dólares por información que condujera a su captura.

El 8 de diciembre de 2024, su organización Hayat Tahrir al-Sham (HTS), aún designada como grupo terrorista, derrocó al régimen de Bashar al-Assad. En 48 horas, la narrativa occidental comenzó su metamorfosis. El terrorista se convirtió en «líder rebelde». El yihadista se convirtió en «defensor de los civiles». El hombre que había combatido a los soldados americanos en Irak se convirtió en el «interlocutor pragmático» que Occidente necesitaba.

En mayo de 2025, Trump se reunió con Jolani/al-Sharaa en Riad, levantó las sanciones sobre Siria y llamó al ex yihadista «un tipo interesante con un pasado bastante bueno». En noviembre de 2025, al-Sharaa pisó el Despacho Oval. El primer presidente sirio en visitar la Casa Blanca en más de 25 años era un hombre con una orden de captura americana vigente en el bolsillo.

¿Qué justifica la rehabilitación? La geopolítica de siempre: al-Sharaa ha expulsado a las milicias iraníes y a Hezbolá de Siria. Ha debilitado a un aliado de Moscú. Ha prometido cooperar con Israel. Ha abierto Siria a los intereses americanos. El terrorismo no era el problema real nunca: el problema era la alineación geopolítica. Cuando el yihadista sirve a los intereses americanos, deja de ser yihadista.

VI. LOS ECOS DE OTRO TIEMPO

La historia no se repite, pero rima, decía Mark Twain. Y los versos de hoy resuenan con demasiada fuerza a los de los años treinta del siglo pasado.

Hitler justificó la invasión de Checoslovaquia con la «seguridad» de los alemanes de los Sudetes. Trump justifica la presión sobre Groenlandia con la «seguridad» del Ártico. Hitler justificó la expansión económica con la necesidad de «espacio vital» para el pueblo alemán. Trump justifica el saqueo venezolano con la «restitución» de recursos que las empresas americanas habrían «perdido». Hitler utilizó el pretexto de la persecución de minorías para intervenir en países vecinos. Trump usa el pretexto del narcotráfico o el terrorismo nuclear.

Los nazis no llegaron al poder como monstruos. Llegaron como patriotas. Como hombres fuertes que iban a devolver la grandeza a su nación. Como líderes que ponían a su pueblo «primero». America First. Deutschland über alles. La gramática del nacionalismo supremacista no cambia con los siglos.

Hay diferencias, claro. Hitler construyó campos de exterminio industriales. Trump no ha llegado a eso. Pero la lógica subyacente —la de que ciertos pueblos son prescindibles para el proyecto civilizatorio del poderoso— es la misma. Cuando Trump dice que los palestinos «no querrán volver» a Gaza porque «tendrán mejores casas», está usando exactamente el mismo argumento que los colonizadores del siglo XIX usaban para desplazar a los nativos americanos: que el progreso que el hombre blanco lleva compensa la pérdida de su tierra y su identidad.

Cuando Trump declara que Estados Unidos «gobernará» Venezuela «hasta que pueda traspasarla a las autoridades locales», está usando el lenguaje del mandato colonial de la Sociedad de Naciones de los años veinte. No hay nada nuevo bajo el sol del imperialismo.

VII. LA COMPLICIDAD DEL SILENCIO

Lo más perturbador no es la conducta de Trump. Esperábamos esto de alguien que publicó vídeos de AI de él mismo bailando sobre las ruinas de Gaza. Lo más perturbador es la complicidad.

La complicidad de un Congreso republicano que aprueba cada aventura militar sin una sola autorización formal. La complicidad de un Consejo de Seguridad de la ONU que endosó el plan Gaza-Riviera en noviembre de 2025, con la vergüenza —según el ex alto funcionario de la ONU Craig Mokhiber— de que «ningún miembro del Consejo tuvo el coraje, el principio o el respeto por el derecho internacional de votar en contra». La complicidad de los líderes europeos que llaman «a la moderación» mientras sus aliados bombardean capitales soberanas, como si la moderación fuera una virtud cuando alguien arrasa una ciudad.

Y la complicidad del lenguaje. Los medios que llaman «operación especial» al secuestro del presidente venezolano. Los que llaman «plan de paz» al proyecto de deportar a un pueblo entero. Los que llaman «defensa preventiva» a los bombardeos sobre Teherán cuando las negociaciones estaban avanzando. Orwell lo predijo: cuando el lenguaje se corrompe, la realidad se borra.

VIII. ¿QUÉ QUEDA DEL ORDEN INTERNACIONAL?

Hubo un tiempo en que Occidente construyó un orden internacional sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Un orden imperfecto, con doble rasero y enormes hipocresías, pero que al menos establecía la ficción sagrada de que la fuerza no podía sustituir al derecho. Que la soberanía de los estados era inviolable. Que el derecho a la autodeterminación de los pueblos no podía pisotearse impunemente.

Trump ha destruido esa ficción. Y al destruirla, ha dado permiso a todos los demás para hacer lo mismo. ¿Con qué autoridad moral puede ahora Washington reprocharle a Rusia que invada Ucrania, si Washington acaba de invadir Venezuela y bombardear Irán sin autorización del Congreso ni mandato de la ONU? ¿Con qué autoridad puede exigirle a China que respete la soberanía de Taiwán, si Estados Unidos ha declarado que Groenlandia es suya por razones de «seguridad nacional»?

El mundo que emerge de esta época es el de la jungla: el del más fuerte. Y en ese mundo, los más débiles —los palestinos de Gaza, los venezolanos sin petróleo, los iraníes sin defensas aéreas suficientes— serán triturados sin que nadie levante la voz por ellos en las instituciones que supuestamente existen para protegerles.

 

Hace ochenta años, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, el mundo dijo «nunca más». Hoy, mientras los misiles caen sobre Teherán y los restos de Gaza son diseñados en PowerPoints de relaciones públicas como un resort de lujo, debemos preguntarnos con honestidad: ¿estamos cumpliendo esa promesa? ¿O estamos asistiendo, en cómodo silencio, al nacimiento de algo que ya conocemos y que creíamos enterrado para siempre?

 

Pedro Guerra

Consultor de empresas