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[OPINIÓN] El hombre que se hizo cargo

Retrato de Don Celso López Gavela en el Ayuntamiento de Ponferrada.

 

El hombre que se hizo cargo.

No llegaba a media mañana del 9 de marzo de 2018 cuando Radio Bierzo interrumpió a Pepa Bueno para transmitir desde su emisora una mala noticia. Y mira si era mala: Don Celso López Gavela había fallecido. No mucho rato después se puso a llover. La naturaleza siempre sabe estar a la altura de los acontecimientos, pues cuando marchan los individuos histórico-universales, por «de provincias» que sean, cuando son cerrados con el telón de la muerte esos periodos de tiempo repletos de significado que llamamos «épocas», el tiempo crónico se sale de sus goznes y se precipita a una con el sentido de la Historia.

Don Celso López Gavela fue uno de los muchos personajes necesarios de ese relato que llamamos «Transición española»: una figura de poder para el vacío dejado por el orden autoritario precedente capaz de articular el suelo de consensos, libertades y partidismos propio del juego democrático «ordinario» que habría de seguir a ese periodo extraordinario exitosamente capitaneado a buen puerto por hombres extraordinarios como él. Él se hizo cargo de todo aquello en Ponferrada con serenidad, sin aspavientos. Nuestra vida cotidiana es en parte resultado de su templanza calma.

Si el calado de la Transición, ese hatillo de legitimidades llamado «régimen del 78», impregnó este rincón «de provincias» llamado Ponferrada fue gracias una figura imprescindible de la historia de la ciudad a la que, por cercana, no se le atisba bien la altura; y cuya natura naturata, cuyo legado material, su vestigio inmóvil de asfalto, granito, hormigón, ladrillo, hierro, cerámica y pizarra, que por archiconocido y requeteusado es mirado como pasado de moda y desfasado, se avejenta en la mentalidad de las generaciones que lo encontraron todo ya dado. La transición (local y mundana, imprescindible y concisa) que él lideró fue material y moral. Su legado fue nuestro presupuesto; su condición, trascendental a nuestra biografía política, cívica, urbana.

Don Celso dejó hecho el trabajo duro, lo más básico, lo que la generación siguiente da por supuesto e incluso valora anticuado, cosas tales como son el pavimento de las aceras o el diálogo entre adultos en pos de la justicia. Entretejió la urdimbre sobre la que, una vez dejó la batuta, no tardamos en comportarnos como nuevos ricos ninguneando el valor de lo obvio y necesario y por ello de sobra conocido por cotidiano, para dedicarnos a tocar los cielos erigiendo la montonera de pisos más alta de Valladolid y alrededores o derrochando celebrando mundiales de cinismo como niños chicos que buscan ser reconocidos por sus gestas en los videojuegos.

Las “épocas” son relatos históricos, tiempos plenos de significado de cuyo transurrir cabe dar cuenta, posibles gracias a sus protagonistas, pues son esos individuos histórico-universales los que dotan en último término de sentido a la sucesión de lo meramente crónico.

Con Don Celso, él se hizo cargo, se llevó a cabo la labor extraordinaria de transformar Ponferrada y sus pueblos desde los suelos hasta posibilitar la cotidianidad que luego nosotros desbocamos. Se acondicionaron las venas de todo un municipio que destaca en los mapas por extenso, la ciudad se dotó de biblioteca, Casa de la Cultura, juzgados, llegó el agua corriente en algunas zonas en las que faltaba… se rehabilitó el teatro, se hicieron piscinas (para todas las estaciones del año), se… La enumeración es interminable. Y los parques: parques en los barrios, se abrieron las puertas del Del Belga y en esa joya de actuación política que fue la urbanización del polígono de las Huertas se plantó una alameda que se pensó en llamar «Parque Salvador Allende» pero que por el carácter de un Alcalde siempre presto a apaciguar el derramamiento de bilis vitriólica de algunos se terminó llamando «de la Concordia».

La urdimbre envejeció y las baldosas que las nuevas generaciones daban por supuestas empezaron a exigir, sin reparo, jubilación, haciendo huelga en su calidad de útiles los días de lluvia, recordándonos con sus salpicones que Don Celso ya no se estaba haciendo cargo. Acontecieron los signos visibles del abandono del cuidado de lo básico, el envejecimiento por tanto, la conversión del resultado de un quehacer político previo e imprescindible en vestigio de un tiempo finito terminado. Nos volvimos pobres de espíritu.

Las “épocas” son relatos históricos, tiempos plenos de significado de cuyo transcurrir cabe dar cuenta, posibles gracias a sus protagonistas, pues son esos individuos histórico-universales los que dotan en último término de sentido a la sucesión de lo meramente crónico. El carácter mítico de esos hacedores de mundos es lo que queda oculto tras la envejecida natura naturata, tras la plasmación tecnológica ahora vestigial a los ojos del gusto artificialmente refinado de los nuevos ricos, ahora nuevos ricos ruinosos, vanos usuarios de una polis democrática construida por hombres de bronce inconmensurables, titanes de una época anterior capaces de condensar esa irradiación proveniente de Madrid que se expandió a las seis esquinas del sistema nacional de carreteras, esa eclosión de libertades llamada «Transición» que fue injertada y cultivada en los hollines del carbón por hombres como Don Celso López Gavela en el tres cientos ochenta y pico de la carretera de La Coruña en una pequeña ciudad con pies todavía material y moralmente de barro. Lejos de ese centro, de los focos, de la capital, con la única guía de un sentido político de la prudencia, del respeto y del acuerdo propios de otra época. Con el cuidado como máxima.

Si el calado de la Transición, ese hatillo de legitimidades llamado «régimen del 78»,impregnó este rincón «de provincias» llamado Ponferrada fue gracias una figura imprescindible de la historia de la ciudad a la que, por cercana, no se le atisba suficientemente bien la altura

Mientras los focos estaban en Madrid en la pista principal del asunto, López Gavela fue la potestad capaz de dar sucesión al autoritarismo en una pequeña protociudad de provincias, siendo un paradigma en lo local de esa izquierda que llegó al poder tras la paz ténebre de cuarenta años sin remordimientos. La Transición española fue la obra de hombres de dimensiones morales e intelectuales titánicas que desplegaron la urdimbre de la democracia con su talante. En una época de la cual se ha quedado obsoleta hasta la técnica con la que se sacaban las fotos que la ilustran, en la que la calle San Antonio aun era de barro y el mobiliario urbano se fabricaba casi artesanalmente, no se le puede racionalmente pedir más a quien doto de urbanidad a todos nuestros significantes, guardando además un poco siempre para mañana por si acaso. Ese excedente de sentido que provee la figura de Don Celso López Gavela, que proveen los hacedores concretos, principales o provinciales, de la Transición, es debido a que ellos se encuentran más allá de nuestra época, o, por decirlo de otra manera, porque nosotros, los vanos consumidores de la democracia y de las ciudad que aquellos hicieron, estamos en un más acá de los tiempos históricos, en un presente-agosto para vende humos en el que nuestro papel es el de meros usurarios de las herramientas que aquellos acuñaron.

Si el calado de la Transición, ese hatillo de legitimidades llamado «régimen del 78», impregnó este rincón «de provincias» llamado Ponferrada fue gracias una figura imprescindible de la historia de la ciudad a la que, por cercana, no se le atisba suficientemente bien la altura; y cuya natura naturata, cuyo legado material, su vestigio inmóvil de asfalto, granito, hormigón, ladrillo, hierro, cerámica y pizarra, que por archiconocido y requeteusado es mirado como pasado de moda y desfasado, siendo obviada su insólita belleza, su porte y su carácter, mientras se avejenta en la mentalidad de las generaciones que lo encontraron todo ya dado. La transición (local y mundana, imprescindible y concisa) que él lideró fue material y moral. Su legado fue nuestro presupuesto; su condición, trascendental a nuestra biografía política, cívica, urbana.

Su tiempo fue el de la ciudad haciéndose ciudad, tras haber sido un pueblo grande y antes de trastrabillar por los excesos y convertirse en una enquistación prescindible del devenir del capital; y aún durante las décadas que siguieron al periodo protagonizado por Don Celso López Gavela, la cotidianidad de Ponferrada, el día a día ordinario, se tramó sobre la urdimbre de sus obras. Cabrá esperar siempre que el fruto del ejemplo de su altura, «la semilla [entregada] a la conciencia digna de miles», sea puesta a brotar, a urdir de nuevo las condiciones, claro está, «para construir una sociedad mejor». Tal y como él hizo. Mucho más temprano que tarde.

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