Peculiaridades navideñas en El Bierzo (y II): Tradiciones y leyendas

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Seguidamente se van a constatar ciertas singularidades que se observaban en la celebración de la Navidad en nuestra comarca: más o menos restringidas a áreas determinadas, perdidas en el tiempo presente, con reminiscencias en otras regiones o espacios geográficos o constituyendo un recuerdo efímero… pero con un valor antropológico, religioso, ideológico, social o convivencial evidente.

Corresponde, por tanto, aludir brevemente a estos aspectos diferenciales cuya procedencia se subsume en hábitos o festividades de civilizaciones antiguas. En este sentido cabe destacar la tendencia general en el noroeste ibérico de atribuir al pueblo celta, mediante tesis o conjeturas, el origen de expresiones populares mantenidas a través de nuestros ancestros o antepasados (lo cual, a veces, representa una justificación bastante opinable y/u oportunista).

PRADO Y  VAGONES  SAN ANDRES

Vamos, sin más dilación, a referir las mentadas costumbres tradicionales:

EL AGUINALDO:

Su definición o aplicación fue – y es, en la actualidad, en el orbe latino – una socorrida solución en muchos ámbitos: como pago en especie en el mundo laboral, cristiano, infantil…

En su genuinidad más apreciable se trataba de la ronda que la parroquia de los más jóvenes (niños y adolescentes) giraba por todas las casas de la aldea el día del Nacimiento de Jesús: el 25 de diciembre.

Recibían, a cambio del canto de villancicos, cantinelas o retahílas laudatorias, todo género de productos alimenticios: carnes, embutidos, fiambres, delicias, dulces, golosinas… La imaginación de los menores creó, de este modo, todo un repertorio de estrofas y rimas de lo más divertido y de una inventiva impensable.

LA QUEMA DEL “AÑO VIEJO”:

En este caso, debido a su olvido total y su desaparición repentina, sin duda asistí a sus tres últimas ediciones. No hallo, por ello, ninguna cita ni indicio documental de este evento (ínsito en el occidente berciano). De cualquier manera, es de motivar su eliminación por “obsolescencia” socioeconómica y cultural.

Los hechos sucedían de esta forma específica:

El día de Nochevieja, después de la comida de final de año, los mozos iban al “palleiro” a buscar o confeccionar un “hombre viejo, de paja, tipo espantapájaros, sostenido fundamentalmente por un palo). A continuación, se realizaba un recorrido por los diferentes lares del núcleo poblacional. Entonces se empleaban todas las técnicas posibles, o hasta amenazantes, al objeto de obtener los recursos necesarios para disfrutar de una noche fantástica y de gran goce: comida, algún dinero, bebidas alcohólicas, tabaco y reservas o regalos “para las ocasiones”.

Paseado el muñeco, se le “plantaba fuego” con una pequeña cantidad de ramas secas y se alegraba con ello la concurrencia. En la taberna, posteriormente, se cantaba, disfrutaba y se tomaba un generoso aperitivo para concertar cumplidamente una reunión nocturna tras la cena de Nochevieja. El consumismo, la vida moderna, la mejora de los medios de transporte y comunicación, la mudanza y abundancia de lugares de ocio juveniles y otras consideraciones arrumbaron esta usanza consuetudinaria o propia de un sistema social de supervivencia.

En otra ubicación y con una significación distinta, el día de san Juan (24 de junio) se efectúa la quema de un pelele o muñeco, en forma de “facho” (en la localidad somocense de Prado de la Somoza). La similitud habría que investigarla en el campo de su simbología: acabar con lo antiguo, trasnochado o pretérito y afrontar lo nuevo, lo aún desconocido y el porvenir.

Las diatribas hacia los tacaños, egoístas o “no colaboracionistas” degeneraba, por momentos, en auténticos conflictos, imprecaciones e insultos, como estas maldiciones recogidas oralmente:

“Aquí non nos deron nada/

nin miga de cousa/

hoxe nun ano estean/

debaixo da lousa.

LOS CANTOS DE REYES:

En este aspecto de obsequios volvían a ser los más menudos los que, nuevamente, visitaban las casas de amigos y conocidos aguardando que sus Majestades hubieran sido benevolentes con su comportamiento. Durante las jornadas aledañas a la festividad de los Reyes (5, 6 y 7 de enero) se aproximaban a la posibilidad de recibir el regalo apetecido o, en su sustitución, “chucherías”, caramelos, pasteles…

Para agradecer la dedicación y el cariño prodigado entonaban melodías sinceras y de gran alcance sentimental.

EL TIZÓN:

A los efectos de asegurarse el ambiente cálido y acogedor del hogar (con “lume de lareira”), en las pallozas y construcciones típicas de Ancares y demás pagos montañosos

se buscaba un voluminoso tizón, cepo, “garrocha”, raíz de árbol de porte considerable… (preferentemente del valioso y omnipresente carballo). Su utilización para conservar el fuego se extendía, como mínimo plazo, desde el 24 de diciembre (Nochebuena) hasta el 6 de enero (Epifanía). Se le atribuyó una génesis en la cultura celta más hermética, esotérica y oculta.

A mi parecer, el tema está todavía por estudiar e indagar. Recordemos, en esta faceta, la correspondencia previsible de esta práctica con la homóloga de varios valles oscenses prepirenaicos. Además, el proceso de investigación quizás se debería ampliar al “Tió” catalán y a la especialidad repostera de la “bûche” provenzal o de otras latitudes, amén de otras muchas derivaciones que se vincularían en un todo común (o no, con mayor probabilidad) con la imprescindible adaptación climática que comporta el “tronco o cañoto”.

                                                       Marcelino B. Taboada

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