(Opinión) ‘Hodio’: cuando denunciar opiniones se convierte en política de Estado

‘Hodio’: cuando denunciar opiniones se convierte en política de Estado

Una aplicación para reportar el discurso del odio o un instrumento para silenciar la disidencia

Hay iniciativas políticas que, por su propia naturaleza, deberían encender todas las alarmas de cualquier demócrata con independencia de su ideología. La aplicación Hodio, promovida desde el Gobierno de Pedro Sánchez como herramienta para denunciar el denominado «discurso del odio» en redes sociales, es una de ellas. No por lo que dice ser, sino por lo que en realidad hace: construir una infraestructura de delación ciudadana cuya diana real no son los crímenes, sino las opiniones.

El Código Penal castiga hechos, no palabras incómodas

Conviene recordar algo elemental que parece haberse perdido en el debate público: el Derecho Penal existe para perseguir conductas que causan un daño real y verificable a personas concretas o a la sociedad en su conjunto. Una amenaza, una agresión, una estafa, una calumnia con nombre y apellidos. El Código Penal no es, ni puede ser, un catálogo de ideas prohibidas. Y sin embargo, Hodio invita a los ciudadanos a reportar contenidos en función de categorías tan amplias y subjetivas como «discurso de odio», una expresión cuya definición varía según quien la aplique y que, en manos del poder político, puede estirarse hasta cubrir cualquier crítica que resulte molesta.

La línea que separa el odio genuino de la opinión legítima es delgada cuando la traza un juez independiente. Se convierte en inexistente cuando la traza el Gobierno que financia la herramienta, diseña sus criterios y designa a quienes evalúan las denuncias. Cuando el árbitro y uno de los jugadores son la misma persona, el partido ya está amañado antes de empezar.

El fantasma de la Inquisición

La Historia es un espejo incómodo. La Santa Inquisición no necesitaba pruebas materiales para actuar: bastaba con la denuncia de un vecino, la sospecha de una desviación doctrinal, el rumor de que alguien pensaba de forma diferente a lo que el poder religioso consideraba verdad oficial. Los mecanismos eran distintos, los tiempos también, pero la lógica era exactamente la misma que subyace a Hodio: crear un sistema en el que cualquier ciudadano pueda señalar a otro por sus opiniones, y en el que esa señalización tenga consecuencias reales sobre su vida.

La diferencia es que hoy no hay hogueras. Hay expedientes, investigaciones, procesos judiciales que pueden arruinar reputaciones y economías durante años aunque acaben en sobreseimiento. El miedo no necesita condenas para funcionar. Le basta con la amenaza de que tus palabras pueden ser reportadas, analizadas y utilizadas contra ti. Eso es exactamente lo que Hodio pone sobre la mesa.

Libertad de expresión: el derecho que molesta al poder

La libertad de expresión no es un derecho cómodo. Es, por definición, el derecho a decir cosas que al poder le disgustan. Los discursos populares, los que todo el mundo acepta, no necesitan protección jurídica. Son precisamente las opiniones minoritarias, las críticas al Gobierno, las voces que cuestionan el relato dominante, las que necesitan estar blindadas frente a la represalia del Estado.

Una democracia sana se mide no por cómo trata a quienes aplauden al Gobierno, sino por cómo trata a quienes lo critican. Y una herramienta diseñada para que los ciudadanos denuncien a otros ciudadanos por sus opiniones en redes sociales no fortalece la democracia. La erosiona desde dentro, generando un clima de autocensura en el que mucha gente dejará de expresarse no porque sus opiniones sean ilegales, sino porque no querrán arriesgarse a ser reportados, investigados o señalados públicamente.

El relato oficial como única verdad admisible

Detrás de Hodio late una concepción del poder profundamente autoritaria: la idea de que existe una verdad oficial, que esa verdad la determina el Gobierno, y que cualquier discurso que se aleje de ella es susceptible de ser catalogado como «fango», «desinformación» o «discurso del odio». Pedro Sánchez lleva años construyendo ese relato con una disciplina notable. La prensa que le critica es «fango». Los jueces que le investigan son parte de una «causa general». Los ciudadanos que le cuestionan difunden «bulos».

Hodio es la materialización tecnológica de esa lógica. Si el Presidente decide que una opinión es odio, basta con que suficientes militantes o simpatizantes la reporten para que el engranaje se ponga en marcha. No hace falta que sea ilegal. Basta con que sea incómoda.

Orwell lo describió hace ochenta años

George Orwell publicó 1984 en 1949 como advertencia, no como manual de instrucciones. En aquella sociedad distópica, el Ministerio de la Verdad se encargaba de que la historia, los hechos y las palabras se alinearan siempre con la versión que el Gran Hermano quería que fuera cierta. Los ciudadanos que pensaban de forma diferente no eran simplemente discrepantes: eran criminales del pensamiento.

No hace falta llegar al extremo orwelliano para reconocer sus primeros síntomas. Una aplicación gubernamental que anima a los ciudadanos a denunciar las opiniones de otros, gestionada desde instituciones controladas por el partido en el poder, con criterios definidos por quienes tienen interés directo en acallar la crítica, es un paso inequívoco en esa dirección. El nombre de la aplicación, Hodio, es en sí mismo un ejercicio de manipulación semántica: al llamarla así, se presupone que lo que va a reportarse es odio. Se contamina el mensaje antes de que nadie haya abierto la boca.

Conclusión: la democracia no se defiende silenciando a los ciudadanos

El discurso del odio real, el que incita a la violencia, el que amenaza a personas concretas, el que promueve la discriminación activa, ya tiene instrumentos jurídicos para ser perseguido. No hacen falta aplicaciones gubernamentales de denuncia ciudadana para combatirlo. Lo que sí hacen falta, en cambio, son instituciones independientes, medios de comunicación libres, jueces que no rindan cuentas al ejecutivo y ciudadanos que puedan expresarse sin miedo a ser señalados por discrepar.

Hodio no protege a los ciudadanos del odio. Los expone al poder. Y esa es una distinción que en una democracia no debería ser necesario explicar.


Este artículo recoge una opinión editorial y no representa necesariamente la posición informativa del medio.

Pedro Guerra

Consultor de empresas

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