«Es un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra»: historia de la frase que define el cinismo imperial

Es un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra

«Es un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra»: historia de la frase que define el cinismo imperial

La célebre expresión atribuida a Roosevelt resume décadas de política exterior estadounidense de apoyo a dictadores sanguinarios por conveniencia geopolítica

La frase «He may be a son of a bitch, but he’s our son of a bitch» («Puede que sea un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra») se ha convertido en el epitafio perfecto del cinismo de la política exterior estadounidense. Supuestamente pronunciada por el presidente Franklin D. Roosevelt en referencia al dictador nicaragüense Anastasio Somoza García, esta expresión encapsula setenta años de apoyo occidental a tiranos, asesinos y saqueadores siempre que sirvieran a los intereses de Washington.

Lo más fascinante de esta frase es que probablemente nunca fue pronunciada tal como la conocemos. Y sin embargo, su poder simbólico es tal que ha sobrevivido durante más de siete décadas como la definición perfecta de una política que sí existió, existe y seguirá existiendo.

El origen incierto de una verdad incómoda

Los investigadores y archivistas que han buscado en los archivos de la Biblioteca Presidencial Franklin D. Roosevelt no han encontrado evidencia de que Roosevelt alguna vez haya hecho esta declaración. La frase apareció por primera vez en la edición del 15 de noviembre de 1948 de la revista Time, tres años después de la muerte de Roosevelt.

Desde entonces, la cita ha sido atribuida a diferentes presidentes estadounidenses refiriéndose a diferentes dictadores. Se ha dicho que Roosevelt la pronunció sobre Somoza de Nicaragua, sobre Franco de España, y sobre Trujillo de República Dominicana. También se atribuye a Cordell Hull, a Harry Truman, y a diversos funcionarios de la CIA refiriéndose a Tito de Yugoslavia, Marcos de Filipinas, y una larga lista de tiranos.

La investigación del Quote Investigator rastreó el concepto hasta 1868, cuando dos políticos estadounidenses anónimos discutían sobre un «rascal» (granuja) que era «nuestro granuja». La fórmula ya existía en el lenguaje político estadounidense mucho antes de que se la atribuyeran a Roosevelt.

El investigador Andrew Crawley afirma que la declaración de Roosevelt es un mito creado por el propio Somoza, lo cual tiene cierta lógica: ¿qué mejor manera de legitimar una dictadura brutal que hacer creer que cuenta con el respaldo explícito del presidente estadounidense?

La irrelevancia de la autenticidad

Pero aquí está lo verdaderamente importante: no importa si Roosevelt realmente lo dijo. El hecho de que la cita haya tenido vida propia durante 72 años y se haya mantenido como la definición de la mentalidad fría e inmisericorde detrás de la política exterior estadounidense, sí importa.

La frase se ha convertido en apócrifa porque es perfectamente veraz en su contenido, independientemente de quién la pronunciara. Resume con brutal honestidad una política real que Estados Unidos ha aplicado sistemáticamente durante casi un siglo.

Aunque no lo dijera, expresaba la actitud estadounidense hacia Somoza y hacia docenas de dictadores que recibieron apoyo estadounidense antes y después de él.

El caso Somoza: la aplicación práctica de la filosofía

Anastasio Somoza García es el ejemplo perfecto de lo que significa ser «nuestro hijo de perra». En los años 30, Nicaragua estaba en caos y ocupada por los Marines estadounidenses. Somoza, un general de 40 años, hijo de un rico plantador de café y educado parcialmente en Filadelfia, hablaba inglés fluido, lo que era una ventaja sustancial para tratar con los estadounidenses.

Los Marines se retiraron en 1933, pero se aseguraron de entrenar una fuerza combinada militar y policial, la Guardia Nacional, para salvaguardar los intereses estadounidenses. La presión estadounidense persuadió al presidente nicaragüense para poner a Somoza al mando.

El líder guerrillero nacionalista Augusto César Sandino, que había luchado contra la ocupación estadounidense, fue emboscado después de un banquete en Managua en febrero de 1934, llevado al aeropuerto y fusilado por soldados de la Guardia por órdenes de Somoza.

Con respaldo estadounidense, Somoza gobernó Nicaragua como presidente o a través de títeres durante los siguientes 20 años. Nombró parientes en posiciones clave, controló las elecciones y el ejército, expulsó a opositores al exilio y modernizó la economía. La Guardia dirigía una enorme gama de actividades, desde servicios postales, telecomunicaciones y salud, hasta el juego, y Somoza construyó una fortuna colosal.

Fue asesinado en 1956, pero su dinastía continuó otros 23 años más, hasta 1979, cuando fue derrocada por la revolución sandinista. Corrupción, tortura y asesinato masivo de disidentes continuaron durante 45 años bajo dos generaciones de Somozas. Los Somoza saquearon Nicaragua y se convirtieron en millonarios.

La lista interminable de «nuestros hijos de perra»

Somoza no fue una excepción, fue la regla. La frase se ha aplicado, con razón, a una galería completa de tiranos que disfrutaron del apoyo estadounidense:

Rafael Trujillo (República Dominicana, 1930-1961): Otro «hijo de perra» que masacró a miles, incluyendo el genocidio de haitianos en 1937, mientras recibía respaldo estadounidense. Fue asesinado cuando dejó de ser útil.

Fulgencio Batista (Cuba, 1952-1959): Dictador corrupto que convirtió Cuba en un burdel para turistas estadounidenses y las mafias. Su brutalidad alimentó la revolución de Castro.

Ferdinand Marcos (Filipinas, 1965-1986): Saqueó miles de millones mientras su esposa compraba zapatos y Estados Unidos mantenía sus bases militares en el país.

Augusto Pinochet (Chile, 1973-1990): Instalado mediante un golpe apoyado por la CIA, torturó y asesinó a miles mientras implementaba el modelo económico neoliberal favorito de Washington.

Mobutu Sese Seko (Zaire, 1965-1997): Robó entre 4.000 y 15.000 millones de dólares durante su dictadura mientras su pueblo moría de hambre, pero era anticomunista, así que Washington miraba para otro lado.

Saddam Hussein (Irak, años 80): Antes de convertirse en el enemigo número uno, Saddam era «nuestro hijo de perra» cuando atacaba a Irán. Estados Unidos le vendió armas químicas que luego usó contra kurdos y iraníes. Cuando dejó de ser útil, se convirtió en el monstruo que había que eliminar.

Hosni Mubarak (Egipto, 1981-2011): Treinta años de dictadura brutal financiada con miles de millones en ayuda estadounidense, hasta que la Primavera Árabe lo hizo insostenible.

El cinismo elevado a doctrina

Etiquetar a Somoza como «nuestro hijo de perra» era un reconocimiento implícito de su carácter repugnante y los costes morales asociados con apoyar a tales líderes. Sin embargo, justificaba este apoyo bajo el argumento de que era «nuestro», un agente confiable para la influencia estadounidense en la región.

Este pragmatismo despiadado significaba una disposición a subordinar ideales de democracia y derechos humanos a preocupaciones pragmáticas de poder y estabilidad.

Durante la Guerra Fría, la excusa era el anticomunismo. Cualquier brutalidad, cualquier violación de derechos humanos, cualquier saqueo del erario público era perdonable si el dictador en cuestión se declaraba anticomunista y permitía que empresas estadounidenses operaran libremente en su país.

Después de la Guerra Fría, las excusas cambiaron —antiterrorismo, estabilidad regional, lucha contra el narcotráfico— pero la política fundamental permaneció intacta: Washington apoya a quien le conviene, independientemente de su historial de derechos humanos.

La doble moral perfectamente calculada

Lo más revelador de esta política es su selectividad quirúrgica. Estados Unidos se presenta como defensor global de la democracia y los derechos humanos, pero esta defensa solo se activa cuando conviene a sus intereses.

Arabia Saudí puede decapitar disidentes, oprimir a las mujeres y financiar el extremismo wahabí, pero es un aliado clave. Egipto puede torturar a opositores sistemáticamente, pero controla el Canal de Suez. Israel puede bombardear Gaza indefinidamente, pero es el aliado estratégico en Medio Oriente.

Mientras tanto, cualquier gobierno que intente nacionalizar sus recursos naturales, redistribuir la riqueza, o simplemente negarse a alinearse completamente con Washington, súbitamente se convierte en una «dictadura» que viola derechos humanos y necesita ser «democratizada».

La diferencia no es el nivel de represión o democracia, es el nivel de sumisión a los intereses estadounidenses.

El legado vivo de la frase

La frase ha llegado a simbolizar el lado oscuro de la diplomacia de la Guerra Fría y los compromisos éticos que a menudo se hacen en nombre de la ventaja estratégica. Sigue siendo un recordatorio perdurable de los dilemas que enfrentan las superpotencias cuando casan ideales con intereses.

Hoy, cuando Estados Unidos critica a China, Rusia o Irán por violaciones de derechos humanos mientras vende armas a Arabia Saudí o apoya golpes de estado en América Latina, la frase «es un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra» sigue siendo perfectamente aplicable.

La única diferencia es que ahora ya nadie es tan sincero como para decirlo en voz alta. La política continúa idéntica, pero envuelta en lenguaje más sofisticado sobre «intereses nacionales», «estabilidad regional» y «alianzas estratégicas».

Conclusión: una verdad que trasciende su origen

No importa si Roosevelt realmente pronunció estas palabras. No importa si fue Cordell Hull, o Truman, o simplemente un chiste que circulaba en Washington y que alguien decidió atribuirle a un presidente para darle más peso.

Lo que importa es que la frase sobrevive porque es verdad. Porque resume perfectamente setenta años de política exterior estadounidense. Porque cada vez que alguien se pregunta por qué Washington apoya a tal o cual dictador sanguinario, la respuesta está en esas once palabras.

«Es un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra.»

Política exterior reducida a su esencia más brutal y honesta. Realpolitik sin disfraces. Cinismo convertido en doctrina de Estado.

Y esa es precisamente la razón por la que, aunque probablemente apócrifa, esta frase nunca morirá. Porque mientras Estados Unidos siga aplicando la política que describe, seguirá siendo la mejor explicación posible de cómo funciona realmente el mundo, más allá de las declaraciones oficiales sobre democracia, derechos humanos y valores universales.

La frase es mentira en su atribución, pero es verdad en su contenido. Y esa es la paradoja perfecta para describir una política que predica una cosa y practica exactamente la contraria.

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